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Efecto Elástico

Cerró la puerta del taxi y dejando las maletas al pié del jardín siguió, como todo el camino desde la estación, callado, mudo, pensativo. La casona estaba ahora frente a sus narices: la falsa chimenea sobre el tejado, la campanilla de la puerta y un sonriente gato de bronce adornando el flanco norte de la casa. Seguramente si siguiese por los laterales encontraría la manguera y la casucha del perro (perro que nunca tuvieron pero que estaba ahí como mero recordatorio en comprar algún día una mascota). Todo estaba casi igual a cuando él se marchó, todo a excepción de una ligera oblicuidad, una discreta inclinación en las partes altas de la vivienda. “Es el cansancio”, pensó Lewis, mientras Alicia lo observaba inquieta desde el recibidor, con una cuchara de madera entre las manos.
-Menos mal que has llegado –dice cogiéndolo del abrigo-. Entra rápido por favor, tienes que ver esto. Lewis, están sucediendo cosas muy extrañas en la casa- indica Alicia.
-¿Qué pasa, mujer?
-Estoy preocupada –dice entrando a la cocina.
-¿Por qué lo estás? -responde él, dejando el sombrero sobre un armatoste.
-El gancho no estaba ahí cuando, anoche, colgué el trapo. Hoy tengo que empinarme para llegar a él.
-¿Qué quieres decir con eso? -inquiere esperando oír una respuesta más o menos lógica.
-Me he reducido de tamaño.
-¿Cómo? -pregunta incrédulo.
-Lo que oyes, me he empequeñecido, no se cuántos centímetros habrán sido pero ha sucedido. Esto...esto es muy embarazoso -dijo sentándose en una silla. Sus pies colgaban del asiento -.Antes ni siquiera me hacía falta estirar el brazo para alcanzar el paño, pero ahora llego sólo a la salsa de soja - agregó, golpeando torpemente el trapo con la cuchara de madera- Lewis se queda un rato en silencio. Su viaje se había hecho inexplicablemente más largo de lo que él creía, no las tres horas que separaban su albergue de Villaconejos, y ese puente, aquel se alzaba sobre el río a la entrada del pueblo, era mucho más prolongado de lo que él recordaba. Alicia lo miraba afectada, esperando algún comentario que aliviase su aparente paroxismo, o por el contrario, que certifique su derrota ante la evidencia de los hechos.
nota: inicio de "Efecto Elástico"(2003), cuento corto.
© 2009 Santiago Antúnez de Mayolo
-->Jerry Uelsmann - "Sky, Ceiling"
El Francotirador (o La Impaciencia de Filisteo Luque)

Parapetado en el balcón miraba la ciudad y su lento devenir. Los automóviles, las personas, los gorriones, todo estaba sumido en la más absoluta parsimonia, incluso hasta el humo de las chimeneas parecía suspenderse por un verano embobador. Con media ciudad de vacaciones el aturdimiento se acrecentaba aún más, y los días de semana asemejaban a domingos después de la comida. Filisteo Luque, hombre conocido en el barrio por su impaciencia en las colas de los supermercados, se escondía tras una vieja caja de lavadora. Se había olvidado ya del rostro de uno de sus hijos, y cada vez que lo recordaba lo dibujaba; se lo imaginaba con la cara del panadero argentino de la esquina.
nota: inicio de "El Francotirador"(2007), cuento corto
© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo
--> Makram Abu-Shakra - "Boy in paper"
La Tortuga de la Señorita Brown

Sólo en invierno, cuando la madera cruja más que de costumbre, le escribiré. Con tinta china lo haré. Le escribiré “mi querida señorita Brown”, y me interesaré por la pequeña tortuga y su ceguera avanzada. Me abrigaré con la chaqueta que me regaló, y a medida que el frío mengüe, la chimenea apagaré. Vendrán los días anchos y las noches prietas en las que la recordaré rigurosamente. Pensaré en usted, señorita Brown, en usted y en Ludovica, su tortuga ciega. Auguro que ella casi ni saldrá por miedo a seguir golpeando su pequeño cráneo contra las paredes del patio (con los años que lleva encima el olfato también le habrá empeorado). Tardíamente, usted acondicionará su espacio inferior: acolchará patas de sillas, pies de columnas y rodapiés. Golpe a golpe perderá aceleradamente la visión y, enajenada, le morderá angustiosamente el tobillo en un día de excesivo calor. Le escribiré “¿cómo anda ese tobillo?”, enviándome usted instantáneas de la herida desde distintos ángulos y tamaños (consideraré dicho detalle como una muestra de cercanía y confianza; yo le corresponderé enviándole mis clavículas retratadas en el breve espacio de un fotomatón). Vendrán los días anchos y las noches quietas. Loduvica exhalará al pie de las cortinas en una preciosa tarde de agosto peruano. Sólo a partir de entonces incrementaré las misivas que deseé haberle escrito siempre. Saldré como alma que lleva el diablo con cada una de las innumerables cartas que le habré ido escribiendo. Cruzaré la avenida esperando que pase algún camión de mercancías e imitando a la pobre Ludovica mis pasos serán lentos y ciegos, definitivos hacia el buzón de correos que jamás llegaré a alcanzar. Espero no se altere cuando lea esta única carta que publicaré en uno de los diarios de la capital (no en esos que suelen manipular y confundir). La ausencia de quienes la quisieron -es decir Ludovica y este fiel servidor- la perseguirá por un tiempo y se lamentará no habernos procurado la atención que necesitábamos. Pensará alguna vez en darnos el alcance pero por favor, no lo intente. Nada sabemos lo que habrá después, señorita Brown. Tal vez inconsciencia absoluta, o peor aún, angelitos rubios tocando flautas y arpas por el resto de la eternidad. No lo haga por favor. No lo haga. Más bien le aconsejo cambiar de aires, vaya al hipódromo, apueste en la carrera de los galgos o cómprese un catalejo y estudie la velocidad de alguna estrella fugaz. No hay nada nada más triste que lo cotidiano ni nada más preciado que lo efímero.
Suyo por siempre,
Rodrigo Galápago De Barnola
© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo
--> Joe Sorren - "Woman"
Tristes Reflexiones del Oso Polar

-¿Por qué tengo frío, padre?
-Porque estás perdiendo tu pelaje. A medida que el tiempo pase tu piel irá cambiando de apariencia, de color y de grosor. Te esperan duros tiempos, a ti, a tus hijos y a los hijos de tus hijos.
-¿Moriré joven entonces?
-Es prematuro saberlo. Lo único cierto es la desidia del hombre por aniquilar su propio mundo, su propia tierra; no lo entiendo, no lo entiendo...
-¿Qué he de hacer, padre mío?
-Tendrás que adaptarte o morir. Acostumbrarte a los repentinos cambios de temperatura, a descubrir nuevas técnicas de caza y recolección. Te olvidarás del frío porque el calor será el que gobierne casi todo.
-¿Qué sucederá con los témpanos? ¿Sucumbirán también?
-Así es, hijo mío, al menos sí los que nos rodean. Habrás de buscar tus madrigueras en altos nevados, hasta que el sol, el hombre así lo quiera.
-¿Ya no seremos osos blancos?
-Cuando ello suceda ya no.
-¿Qué seremos entonces?
-Ni yo mismo lo sé. Aunque quizás de eso se encarguen los humanos. Inventarán alguna nueva denominación y la cacería del oso se hará más accesible.
-Tengo frío y miedo de pronto. Cerraré mis pequeños ojos hasta imaginar que todo esto que me cuentas jamás sucederá.
-Ven aquí, pequeño mío. Estaré contigo hasta que mis huesos no puedan más, pero para entonces tú ya serás un oso solitario buscando sobrevivir a la incomprensible voluntad del hombre.
-Maldita raza la del hombre.
-Maldito su espíritu de conquista en querer poseerlo todo. Al final nada les quedará entre manos. Ni siquiera el arrepentimiento los salvará.
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
Hecatombe

Fermín es mi nombre aunque la gente me llama Don Huatica. No diré mi apellido por precaución. Sabrá Dios cuántos hijos no reconocidos saldrán luego que me encuentren, así que prefiero que se queden con la duda. Me sacaría las muelas ahorita mismo pues dicen que luego lo reconocen a uno. No sé cómo lo hacen, además, para las que me quedan ni vale la pena ya.
Esto parece un pueblo fantasma. Todos han huido rápido. Se han ido arriba al cementerio pues dicen que ahí no llegará. Cobardes serán. Hugo el concejal dejó su puesto y Don Máximo olvidó a dos mulas atadas en el potrero. Hasta aquí las oigo rebuznar. Uno nunca debe abandonar a sus animales, yo por eso me he quedado aquí con mi Gitano, que aunque chusco, es el perro más fiel de todos. El no tiene miedo, es como yo, no abandona el hogar donde se ha nacido, ni en época de peste siquiera. Es triste ver así el pueblo, tan vacío y desolado. La casa de los Bayona parece ha sido saqueada, así como la Alcaldía. Se han llevado el escudo de la puerta y unas cuantas sillas del despacho municipal. Sinvergüenzas caracho, seguramente querrán ver todo desde arriba bien sentaditos. A mi "Patrón Shantishu" lo han abandonado también en su iglesia, solito está; querrá arrancarse sus ojitos de pura pena. Más que seguro. Esto ya se venía venir. El candidato Roldán Gomero trajo al chamán desde San Miguel. Aprovechó la situación para ganarse unos votos, pero eso nadies lo quisieron reconocer. Uno que es sabido no se calla y dice lo que piensa, pero ay, me acusaron de comunista y persona no grata. Como voy a desear el mal de mis gentes pues, yo que apoyé a mis paisanos el día que mandaron tumbar a Lloccha, nuestro viejo y amado árbol. En su lugar hicieron esta fría Plaza de Armas con su monumento a la naturaleza. El chamán ese llegó con sus artes diciendo que una tragedia llegaría al pueblo y que había de estarse preparados. Escupió de su boca un líquido apestoso sobre los pies del Patroncito y dijo que las señales aparecerían más luego, que una vez revelados los misterios se tendría que abandonar el pueblo.
Nada raro pasó sino hasta la semana entrante. Doña Rogelia salió a la plaza dando tremendos alaridos. Más de uno creyó que se había ganado la lotería que se organizaba en la comarca, incluso muchos ya planeaban celebrarlo en el patio municipal emborrachándose hasta la amanecida del lunes por la dicha de tener a una paisana con tanta suerte, pero no fue así. Su cara lo dijo todito. Agitaba sus manos así, rápido, y daba círculos sobre su persona. Miraba al cielo horrorizada y murmuraba que todos moriríamos, que todo desaparecería, nuestras casas, nuestros ganados, hasta los sembríos dijo que serían arrasados por la ira de Papa Lindo. Carmelo el curita le dijo que se calmara, que no era bueno alarmar así a las gentes y de que todo tenía un significado en la viña del Señor. Alguien mandó traer agua de azahar y le mojaron su frente con aguardiente. Pálida estaba la doña, como si hubiera visto al mismo demonio. Primitiva Bayona dijo que su comadre Rogelia estaba poseída, que había que llamar de la ciudad a monseñor Iriarte para desendiablarla. "De ninguna manera. Los trapos sucios se lavan en casa" dijo el curita que había enfurecido. Rojo se puso. Se acomodó su cuellito blanco de religioso y le preguntó a doña Rogelia que cuál era el octavo mandamiento. Todos callaron hasta que el niño monaguillo Tomasito Atuspaccha levantó la mano queriendo responder. Don Carmelo le dijo que se callara el hocico y que se fuera a preparar la capilla para hacer una ceremonia de exorcismo. A mí me parecía que había gato enjaulado. Seguro estaba que Roldán Gomero había ido la víspera a casa de doña Rogelia con algún fin. Mucha casualidad pues que lo haya visto salir de ahí con un costal llenito de conejos que pateaban duro pues. A partir de ese día no se hacía otra cosa que hablar de malos espíritus y que el castigo divino vendría al pueblo sin avisar. Nuestra tierra ya había sido castigada por la sequía del 62, y años posteriores una tuberculosis nos quitó niños malamente. Mi Marilú también se fue pues. Tosía mucho y uno que era ignorante no sabía que esa sangre que salía de su nariz y boquita era la enfermedad misma. Enflaqueció mucho, parecía una ramita de eucalipto mi niña. Lloré mucho, tanto-tanto que sin mis lágrimas me quedé. ¿Qué más nos podría pasar entonces?. Fue cuando entonces me armé de valor y solito me apresenté en la comisaría. "Usted ha cambiado mucho a raíz de lo de su niña, por lo que no extraña que ahora piense así del señor candidato" me dijeron ellos. "Justamente y para que recapacite en no andar diciendo que don Carlos Roldán Gomero está pagando a dignos paisanos para distraer a la población, pasará unas cuantas noches en prisión"
-¿Quién lo dice?
-Su señoría, el señor alcalde Isidoro Roldán Bayona -me dijeron los cachacos.
-Tengo mis derechos -dije convencido que no me harían nada.
-Quijano, muéstrale sus derechos a don Huatica -dijo el que parecía era el superior, y el otro que parecía su subordinado me dio una patada en la retaguardia con su bota militar. Cojudo fui al no haber recordado que el candidato era sobrino del alcalde. Su labor ya no era bien vista en el pueblo y muchos partidarios se habían pasado al partido rival. Entonces, de la noche a la mañana anuncia como candidato a su sobrino de él, uno que le gustaba seducir a las jovencitas más bonitas desde su caballo y que tenía fama de pegalón. En el calabozo fue donde me dejé el bigote largo como brocha y se me mojaba en la sopa. Mi pantalón se me caía y nadies iban a verme. A veces me decían que me llenarían de agua hasta el cuello y que me darían corriente en mis partes con sus fusibles. Felizmente nada de eso pasó. Solo me asustaban nomás y yo les hacía creer que me daba miedo. Las elecciones estaban cada vez más cercas y no tenía ideas de cómo estaban las cosas afuera, hasta que cambiaron mi guardia y vino un muchacho nuevo. Resulta pues que su padre había sido mi compañero de segundo de primaria. Me dijo que no lo veía desde que se había ido a la capital con otra mujer, y que le tenía mucho rencor de averdad. Fue él quien me mantuvo informado de los acontecimientos. Dijo que la gente fue olvidando a doña Rogelia, sin llegar a saber si al final estuvo o no endiablada pues otros hechos fueron llegando al pueblo. Mientras tanto, el miedo iba aumentando cada nuevo día. En el fundo de la familia Ortiz nació una perdiz con tres patas que cuando fueron a chaparla dicen que una extremidad quería irse río abajo, la otra hacia los cultivos y la otra hacia el fundo de su vecino. El candidato Roldán Gomero la llamó fenómeno y bautizó a la chakwa con el nombre de "Dilemas". Cuando me soltaron ya la habían disecado y le habían hecho su lugar en la iglesia, cerca de nuestro santo patrón. Justo fue él el siguiente en hacer noticias. Amaneció con sus uñas de los pies negras, oscuras estaban, como si se hubiera golpeado de verdacito. Las señoras encargadas de llevar los sahumerios se echaban la culpa unas a otras y los que año a año lo cargaban en andas discutían en que no merecían nunca más volver a llevar al Patrón. Incluso tres de ellos se apresentaron por sus cuentas ante el padre Carmelo para que los confesara por haberle hecho sacar su uñero al patroncito. El curita dijo que aunque involuntarios, deberían estar en penitencia.
-Cada golpe, cada herida, cada dolor que nuestro Shantishu sufra, lo recibimos todos nosotros en lo más profundo de nuestro corazón. No debemos permitir que nuestros propios hermanos atenten contra su sagrada integridad. Solicito un castigo ejemplar para sus torturadores -dijo Roldán Gomero. Los tres desgraciados ocuparon mi celda donde yo estuve, y estuvieron metidos hasta que anunciaron terremoto en la capital. Dijeron que algunas casa se habían roto hasta abajo y que el mar se había salido de su lugar. Aquí oímos comentarios que un conocido de alguien estuvo allá cuando pasó. Decían que olas muy grandes se habían salido y que muchos pescados murieron fuera del agua moviendo sus aletas. Hablando verdades ninguno de nosotros habíamos visto el mar, que tanto, si no habíamos pasado de Huacllan, pero toditos habíamos visto en los libros escolares fotografías y dibujos del océano pacíficos. Fue entonces cuando la iglesia hizo sonar sus campanas. Un cóndor bajó rápido como una lanza, voló fuera de sus costumbres a baja altura sobre nuestras cabezas y se abalanzó sobre Loyolo, hijito de Constitución, prima de la Genoveva, dueña de la bodega "La Perla de las Vertientes". No supimos reaccionar pues nadies esperaba eso. Además era grande muy grande, con sus alotas abiertas que las dobló para darse control y coger al Loyolo como si nada. "Amá-amá", gritó la criatura hasta que ya casi ni se le oía. Lo tenía trenzado duro con sus garrotas el cóndor abusivo. Esa noche nos reunimos en la plaza y decidimos no tanto en ir a buscar a Loyolo porque en nuestro fondo sabíamos que ya no lo encontraríamos, queríamos evitar que volviera por más niños, así que se armó una comitiva encabezada por el candidato Roldán Gomero, aunque él no fue con nosotros. En el camino yo pensaba si todo estos hechos, todito lo que nos estaba pasando era obra humana, si alguien estaría ocasionando todo esto pero por más que pensaba una y otra vez no encontraba sentido a mis ideas. Era algo más poderoso que la persona misma, era algo que no estaba a nuestro alcance y que sería muy difícil vencerle. ¿Cómo podía haber sido posible que se llevara al Loyolo?. Los cóndores a lo mucho podían cargar animales pequeños, becerros o carneros, además no acostumbran atacar al humano. Entonces, ¿acaso se valía de algún ser maligno, causante de todos nuestros males ocurridos en tan pocos días? ¿O es que acaso todo era un mensaje del Taita para hacernos abrir los ojos por pecadores y cambiar nuestras acciones?
Lo que vino después fue más de lo mismito. Durante el camino por los cerros elevados de La Merced, el frío era nuestro más fuerte enemigo. "Toma, sino no llegarás" me dijo Hilario el herrero dándome una hoja de coca. "Mastica duro abuelito que no queremos cargar con muertos feos". Todos rieron y me dio mucha cólera, más que todo por tratarme como un anciano inútil. Pensé para mis adentros que ya no volvería a encargarle otra herradura al Hilario. Confieso que le tiré en su espalda una pepa que encontré por mi camino, pero ni cuentas se dio. Más delante nos detuvimos para descansar y tomar algo caliente de una vasija que llevábamos. El cielo estaba limpio, nunca lo había visto así desde tan alto. Las estrellas nos saludaban y algunas parecían bailar para nosotros. Recordé a mi Marilú y a su madrecita que falleció cuando la trajo al mundo. En silencio, quise pensar que estarían ahí vigilándome, y cuando iba a botar mi primera lágrima desde que se me secaron, Tamerlán Severiano pisó mal y resbaló para abajo. En su trayecto golpeó a Ceferino Mallqui, así que los dos ambos cayeron hacia el precipicio; se los comió el abismo rapidito. Tenía que buscar al chamán a como diera lugar. Había dicho que una tragedia llegaría al pueblo, pero como habían ocurrido varias no sabía a cuál se refería, ¿o es que se refería a todas en su conjunto agrupado?
Lo encontré tumbado bajo un camión. Apestaba duro, a puma viejo, de esos que van dejando sus garras tiradas de pura ancianidad. Me dijo "cojudo de mierda, que quieres", le dije de dónde venía y me pidió que lo dejara dormir. Borracho como estaba siguió boca abajo con su sombrero encima hasta que despertó de puro aburrido. Me pidió un cigarro y le dije que no fumaba. Fuimos a un bar de mala muerte, y cuando dentramos todos me miraban con mala cara. Le conté todo lo sucedido mientras él iba tomando el primer vaso de cerveza. Le dije todo con lujo detallado lo de doña Rogelia y su posesión endiablada, lo de la perdiz de tres patas y las uñas negras del patroncito. Mientras iba diciéndole las desgracias que habían llegado al pueblo desde su visita, el chamán me miraba serio, como si de pronto se le hubiera salido toda su borrachera para afuera. Yo por ratos me quedaba callado para que me dijera algo, pero ni así soltó palabras. No fue sino hasta que un señor se nos acercó preguntándole si iba a beber más, "no, ya no", a lo que el otro le preguntó que si estaba bien, que si se le había mojado su garganta tan rápido y con tan sólo una cerveza.
-¡Ya no, carajo, ya no quiero más! -dijo furioso. Luego me preguntó si sabía a que hora habían sido los hechos, y le dije que no sabía ver las horas.
-Yo a las justas escribo mi nombre y el himno nacional hasta la primera estrofa, nadita más. Además, el reloj de la Alcaldía se había quemado con un fuego artificial en las últimas fiestas patronales.
-¡¿Pero por lo menos sabe si fue en la tarde, en la mañana?! -me preguntó levantándome la voz, lo que no me gustó.
-Oiga señor, yo no le he faltado los respetos, por lo que le pido que no me grite. Seré viejo pero no sordo.
-¿Se da usted cuenta lo que está sucediendo en su pueblo? ¿Tiene la menor idea de lo que va a pasar? -me dijo acercando su carota a la mesa como si fuera a atacarme. Fue cuando le vi su barba negra y incompleta. De seguro que ése chamán no era de por la zona, ni siquiera era serrano.
-¿Qué va a suceder, a ver, dígame? -le dije fuera de mi persona. Quizás no habría querido escuchar lo que me iba a decir, pero ya estaba ahí y no podía irme sin saberlo. Después de todo tal vez había una forma de cambiar la suerte, la mía y la de mis paisanos; la de mi pueblo entero.
-¿Alguna vez ha oído decir que un terremoto llegaría a la capital, y que luego del mismo los mares se irían a salir de su sitio hasta bañar la Plaza de Armas? -me fabricó otra pregunta.
-Nos enteramos por un paisano que las aguas se salieron y que sus peces murieron fuera. También que muchas casas se rompieron hasta abajo y que murieron algunos cuantos nomás.
-¿Unos cuántos dice? No señor, han sido miles los fallecidos. ¡Miles! Dijeron por la radio que el estado de emergencia ha sido declarado y que muchos no encontraban a sus familiares o los confundían con otros que hallaban donde antes quedaban sus casas. Padres, hijos, hermanos, todos han sido aplastados o mezclados por el agua llevando muertos ajenos donde no les correspondía. Sin embargo, esto no es lo peor. Cuando fui a su pueblo invitado por el señor Roldán Gomero, el trato era refrescar una leyenda, pero sin dar mayores detalles. Gomero quería con esto distraer la atención. Jamás imaginé que iba a empezar a suceder. Quién lo iba a adivinar -acabó de decir el chamán. Mi saliva ya no producía, y de pronto me apestaron los sobacos de purito miedo. No quería hacer la pregunta. ¿Acaso había algo más peor? Ni sé cómo me animé a hacer todo el camino de noche. No conocía el trayecto y el recuerdo de Tamerlán Severiano y Ceferino Mallqui cayendo por el abismo, con sus ojos asustadísimos sin tiempo siquiera para gritar me perseguía. Cada rato me paraba y trataba de guiarme con la luz de la luna, que donde quiera que me desviara me acompañaba. Incluso a veces, y no me da vergüenza decirlo, bajaba con mis nalgas algunas partes inclinadas. Un poco más adelante pude oír al río traer mucho agua y me dije si fuera muy imposible subir su nivel, rebalsarse entre cerro y cerro y cubrir los pueblos con sus gentes dentro. "Si el río está crecido es porque está lloviendo por aquí cerca", pensé, y ni bien lo creí las primeras nubes negras ya escondían a la luna. Sin ella mi camino se ponía difícil y mi vida corría mucho peligro. De pronto un relámpago iluminó toditito como una gran antorcha avivada por el viento, ¡ruumm!, sonó duro y un rayo atravesó medio cielo. Empezó a llover fortísimo y sabía que si seguía ahí más tiempo el lodo me haría resbalar. Traté de avanzar pero no sabía en donde ir. Así, vino otro relámpago y me vino la idea de que podía aprovechármelo de su luz, avanzar de a poquitos cada vez que viniera uno.
Mientras iba avanzando como una comadreja asustada, tenía en mi cabeza el puñetazo que le había dado al chamán. No aguanté oír tantos males. Me puse nervioso cuando me dijo lo que una santa había anunciado, que luego del terremoto vendría lo peor, luego de salirse el océano pacíficos y llegar al centro mismo de la capital. Dijo que la santa adivinó que todo esto tendría su origen, su núcleo central en un poblado de la sierra, que una serie de acontecimientos indicarían la llegada de la tragedia. Contó que a la santa le dio mucha pena el pueblo porque sufriría muchísimo, aunque también que los elegidos de Dios eran a quien hacía sufrir más. Me sentí su preferido porque yo sí que sufrí mucho. Llegué todo embarrado y lo primero que hice fue tomar agua de un caño de regadío. En la entradita, ni bien comenzaba el pueblo, me recibió el Gitano moviéndome la cola y me lamió mi mano. Me llamó mi atención no ver a nadies en las calles. No habían niños jugando. No habían bodegas abiertas, ni siquiera la de doña Maquica, con lo avara que se sabía que era. Fui a la iglesia pero tampoco no había ni un alma. Las puertas estaban abiertas y mi patrón, como ya lo dije en denantes, estaba solito el pobre, con su expresión de tristeza, sólo con la perdiz disecada casi a sus pies de uñas negras. ¿Por qué habían huido todos? ¿Qué había pasado durante mi ausencia? ¿Se habían enterado de la profecía de Santa Rosita y se mudaron toditos a otro pueblo? En la alcaldía todo estaba patas arriba. Cuando salía confundido de allí una risa oí, una risa de mujer. Busqué de adónde venía y llegué hasta la casa de doña Rogelia. La llamé en su puerta y se calló, pero más luego siguió riéndose como loca. Hubiese preferido encontrar a otra persona porque sabía que doña Rogelia estaba endiablada de averdad. Nadies le habían pagado nada. Por lo que me dijo el chamán, doña Rogelia le había escogido al candidato Roldán Gomero para que fuera apadrinara su finca, cosa que él aceptó de buena gana. Ella en agradecimiento le regaló sus cinco mejores conejos. Malpensado había sido yo. Al entrar la vi con un manto grande de colores. No me preguntó que hacía ahí en su casa. Me sonrió y me hizo entender con su cabeza que la siguiera. Desde su jardín la vista era amplia y se podía ver muy bien al Huancapetí, el nevado con el que habíamos crecido y que nos había vigilado cada día de nuestras vidas. Doña Rogelia levanta su mano y lo señala. Mueve ahora los brazos hacia ella misma, los lleva hacia delante, luego los sube y resopla como dándome a entender que se partiría en dos y que se nos vendría encima. Si recién me hubiera enterado sin saber antes nada me hubiese asustado seguro. Me quedé ahí un rato hasta que empezó a reírse nuevamente. Salí y caminé por el pueblo, lo recorrí enterito como si recién lo hubiera descubierto yo mismo. Volví a subir por las viejas escaleras de piedra. Fui hasta el campanario y toqué sus campanas como una vez de niño. Comí una ostia y me santigüé aunque tuve que repetirlo porque no me acordaba en qué hombro se daba el nombre del espíritus. Pasié hasta aburrirme. Es que esto parece un pueblo fantasma. Se habrán ido toditos al cementerio, como está en altura allí no llegará la muerte. Cobardes serán. Yo me quedo aquí. No me hago las ideas de vivir en otro pueblo que no sea éste. Ojalá que cuando me encuentren no digan "pobre viejo tonto", sino, en su lugar me hagan una estatua por mi valentía, por mi gran amor al lugar donde he nacido. ¿Qué fue eso?, créoque fue doña Rogelia riéndose duro. Estará señalando con su mano el nevado. Ya empezó el final. Ven aquí mi Gitano, ya le oigo venir. Parece un gigante enfurecido. Hecatombe lo llamó la santa. Desaparición supongo quiso decir.
(fotografía de Tom Chambers , "Indian boy-desert-eagle")
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
Evocaciones de una Dulce Pantera

Maldito Jack, como quisiera que un rayo te partiera ahora. Te juro que compraría todos los diarios donde exhibiesen tu cuerpo partido por la mitad. Empapelaría el cuarto de baño y la tapa del retrete con la noticia de cómo un rayo fulminó a Jack, eximio contrabajista de jazz. Sería la única manera de saldar las deudas que tienes conmigo. No te reprocharía nada. Ni las ofensas ni las noches en que no pude dormir por miedo a que entraras por la puerta dispuesto a martirizarme. Nunca me diste la importancia debida. Nunca te importaron mis lágrimas ni mi temblor cuando te tumbabas a mi lado. Sólo te importaba tu comodidad, tu Ford descapotable y que siempre tuvieras a alguien aguardándote al llegar a casa. Estoy convencida que nunca me quisiste. Estúpida de mí al creerte cuando ibas a verme con un ramo de rosas. Mis compañeras me envidiaban y me decían que era una mujer con suerte. Nadie se explicaba cómo alguien como tú se había fijado en una simple peluquera. Por un corto tiempo te creí. Creí en tus halagos, en los carísimos chocolates y en los vestidos con que me sorprendías cada semana. Aquella vez que fuimos a cenar todos nos miraban. Fue la primera vez en mi vida que probé el faisán y que bebí vinos exclusivos. Me sentí como una reina de verdad, como la reina del Central Park, de la 5th avenue y de New York entera. Cuan arrepentida estoy de haberme dejado obnubilar por tus detalles. Cuan arrepentida estoy de haberme sentido una señora burguesa cuando mi origen no estaba más allá de las cloacas y de los oscuros callejones, allí donde mis hermanos se dejaban la vida por cuatro centavos, allí donde mi madre cocinaba lo de siempre mientras se ahogaba con el humo de la pequeña cocina industrial. Supiste darme por el lado más flaco, qué duda cabe, y yo caí engatusada.
No fue sino hasta nuestro tercer mes de convivencia cuando llegaste con carmín en el cuello. No quise aceptarlo y creí que, efectivamente, luego del concierto, unas mujeres se te avalanzaron y que te había costado quitártelas de encima. Grande fue mi dolor cuando, casi amaneciendo, te oí hablar en voz baja por el auricular diciendo "dame tiempo", "esta se va a cansar", " tú eres la única". Ya no era más tu dulce pantera. Era sólo tu mucama, tu puta domiciliaria, tu cocinera de guardia.
Ni bien te fuiste aproveché para empacar. Llamé a mi madre, a mis hemanos y a mi antigua jefa, pero nadie quería saber ya de mí. Había traicionado a todos, incluso a mí misma. No tenía dónde ir. Es por eso que decidí tragarme el orgullo. Decidí en fingir no saber nada, ser ciega, sorda y muda hasta que consiguiese donde largarme. Era tal mi estado que olvidé deshacer la maleta. Llegaste entonces a la hora acostumbrada mientras me hacía la que dormía. A los pocos minutos me cogiste con violencia del cabello, preguntándome que adonde pensaba ir. Luego, me arrastraste por los suelos hasta el baño y hundiste mi cabeza en la taza del wáter, pateándome una y otra vez las costillas. Cuando llegó la policía declaré que se había metido una robusta y enloquecida ardilla en casa y que esta me había atacado. Absurdo de creer, lo sé. La policía no quiso ensuciar la intachabilidad de un reconocido músico de jazz, blanco y admirado, viviendo bajo el mismo techo que una pobre negra. Al despedirte de ellos pasaste tu brazo por sobre mi hombro. Fue la primera vez que tuve asco y miedo de ti.
Cuando llegabas, no te importaba si dormía o no. Sólo estirabas tu enorme garra sobre mi cuerpo, sobándome por detrás. "Vamos, mi dulce pantera, no estés enojada conmigo" decías. "¿No recuerdas acaso cuando eras una pobre diabla? ¿Quién sino te rescató de la pobreza?...Aquí tienes techo y comida", dijiste. Nunca estuviste más equivocado, Jack. Es cierto. Fui una pobre diabla antes de conocerte, pero luego, contigo a mi lado, fui una pobre mujer muerta de miedo. Asqueada de tus insinuaciones, de tus tocamientos y de tus estúpidas e injustas conclusiones. Es por eso que me armé de valor y cuando no estabas conseguí escapar por la ventana de la planta superior. Me tiré con sólo una mochila y miles de dólares que cogí de ti. Me torcí un tobillo, pero qué más da. Ahora al menos estoy lejos de ti, y me alegraría saber que has perdido la movilidad de tus prodigiosos dedos, el aire de tus pulmones, o lo que es mejor, que un rayo te fulmine y te parta en dos, tal cual tú hiciste conmigo. Maldito seas Jack. Esperaré a que abran los puestos de revistas para ver si hay aún algo de justicia en este cruento mundo. Yo nunca te olvidaré. Ni mis dientes, ni mi rabia, ni mi orgullo pisoteado a tu lado...¿Lo ves? Ha comenzado a llover. Aún tengo esperanzas que el cielo, el universo todo, esté de mi lado.
(Eve Arnold, "Bar Girl in a Brothel". Havana, Cuba, 1954)
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
Manual Para Un Brazo Flotante

Fijad la vista en una cama matrimonial, cualquiera sea su forma y ubicación. Ahora imaginaos a dos personas, independientemente de la afinidad que estas pudieran tener, tumbadas sobre el catre. Sea la colcha un fino trabajo de bordado o un vulgar edredón policromo, analizad lo que abajo, tras las sábanas, pueda surgir, saltar, mover o sucumbir. No es el amor lo tratado en este texto ni las desavenencias post-coitales lo que ocupa estas breves líneas. Tampoco un canto amatorio ni inútiles planteamientos para menguar la rutina de las parejas (de eso se encarga el azar y la buena predisposición). Heme aquí, señores fabricantes de colchones, agarrotado por el perverso diseño que las camas independientes mantienen aún hoy. Injusto es, a todas luces, el individualismo a que estamos siendo condenados, ¿o es una estratagema vuestra para aumentar la natalidad sobre amplios lechos conyugales? Los que dormimos en camastros individuales también tenemos derecho a ir de cacería. ¿Por qué nos negáis entonces la comodidad? Tenga la extremidad que se tenga, cualquiera sea la mujer a nuestro lado, siempre acabaremos con un maldito brazo paralizado. Lo he probado de todas las maneras posibles. Mirando hacia Chechenia, con las manos sobre el pecho o con un brazo tirado hacia atrás en la típica pose del guerrero tumbado: la extremidad siempre se dormirá. ¿Hay algo más angustioso que despertarnos a medianoche por un brazo tan ajeno como nuestro? ¿Hay algo más indoloro que un brazo pellizcado por nosotros mismos? Es como si despertásemos al muerto que llevamos dentro. Cargadlo, señores fabricantes de colchones. Haced la prueba. Levantad el brazo fallecido. Dormid en cama de una sola plaza. Intentad dormir en un catre de noventa centímetros con otra persona. Cuando despertéis aterrados a medianoche y se encuentren en medio de la más completa oscuridad con algo que no les pertenece, pero que está ahí, frío e inerte, sin funcionalidad ni carácter, comprenderéis el motivo de mi enojo. Dentro de todo, soy un tipo delgado, y ni aún así yo puedo evitarlo, pero, ¿y qué pasa con los rollizos y con los de articulaciones exageradas? ¿Tendremos que enviarlos siempre a enormes camas? ¿O será mejor conminar a todos los gordos y contrahechos a la eterna soledad? No seáis tan inhumanos. Alguna forma debe haber, alguna manera de parar la incapacidad temporal de aquellos, los miembros colgantes. Si tan sólo incluyerais un manual para brazos flotantes, otro sería el latir. Irrigación se llama, señores fabricantes de colchones, irrigación de arterias, de venas actuando para lo que han sido creadas. Fomentad el coito si queréis, pero por favor, incluid un manual para un brazo flotante.
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
(Pintura de Rembrandt Harmenszoon van Rijn, "Síndico de los Pañeros", 1663)
Flujo Rojo de Sal

Sólo cuando vienes pierdo los papeles, mi sudoración aumenta y se multiplican mis palpitaciones. Simulo una augusta soledad y finjo con alegría mi emancipación. "Hace calor, ¿no?", pregunto fallidamente mientras afuera, bajo un invierno inclemente los chinos se mantienen fieles en sus puestos vendiendo bocadillos en la Gran Vía de Madrid. Te pregunto por tus días cuando pienso en tus noches y juro contemplarte el pendiente cuando me pierdo en tu cuello. Oímos cual campanadas las cañerías de mi salón, otorgando un aire sagrado y casero al repentino silencio. Indago sobre tu perro pekinés y respondes que tu gato muestra cada vez más indiferencia hacia tus piernas. "¿Y tu trabajo en la oficina que tal? ¿Te ascendieron por fin?", y contestas que la pensión de desempleo casi no te llegaba a fin de mes. "¿Qué pasó con tu memoria? ¿Recuerdas al menos mi nombre? ¿Recuerdas cómo y cuándo nos conocimos?". Sonreí asintiendo mientras se me enrularon de nervios las patillas. Como si recién descubriese las añejas cañerías, observé adrede las paredes. Te pusiste de pié y desapareciste tan rápido como viniste. Mi orgullo me ordenó esperar doce segundos, tres goteos e innumerables palpitaciones. A grandes zancadas me avalancé tras de ti y busqué tu espalda escalones abajo. Fue entonces cuando recreé tu aroma y perdí la coordinación, el equilibrio en mis pasos y en mis pensamientos. Pecho a tierra caí gradas abajo, finalmente decúbito dorsal. Flujo rojo de sal en mis labios y en mis oídos. En aquel instante te vi pasar ajena a mi dolor, desconocida para mí.
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
(Fotografía de Kerry Skarbakka, "Stairs")
Aversión

-¿Por qué odia a los violinistas?
-Por su extraña disposición maxilar. No me inspiran confianza.
-¿Y las cuerdas del violín?
-Insoportables. Dejaría solo una. Así no tendría demasiadas variantes y seguramente acabaría por aburrir. Además, ese continuo frotar y refrotar, inmoral por donde se lo vea.
-¿Qué me dice de su música? ¿Qué me dice usted de la música que emana? ¿No es acaso única?
-¿Acaso no subieron las ventas en los grandes almacenes desde que incluyeron Caprice de Paganini como música ambiental? Pues ése es el lugar que le corresponde.
-¿Por qué esa animadversión contra tan fino instrumento?
-Fino es el arte del engaño. No se puede pasar por tantos siglos sin el menor cargo de conciencia.
-¿De qué la culpa?
-El violín casi me hundió en la miseria. Me postró a un segundo plano para ser tocado por hombres gordos y calvos bajo una iluminación reducida. Felizmente pude recurrir a la música folclórica. Ahí soy otro. Recobré protagonismo y mi autoestima se fortaleció entre chacareras y pasodobles.
-¿Su nombre por favor?
-Bombo. Soy el Bombo de los Andes.
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
El ingobernable paso del tiempo

-¿Qué hora es? -pregunta Jack comiéndose las uñas.
-No sé, sabes que nunca llevo reloj. A mí el tiempo no me importa tanto como a ti -responde Terry con aire despreocupado.
-Debería preocuparte. Cada minuto que pasa es un minuto más cercano a la muerte. ¿O es que te crees inmortal?
-¿Debería atormentarme por tales pensamientos? Así no valdría la pena vivir. No saldría de casa, dejaría de usar el microondas y jamás encendería siquiera el gas para ducharme -contesta Jack.
-Pues deberías hacerlo. Es muy bueno para la circulación.
-Sí, ya lo veo -responde Terry, socarronamente. Jack lo mira fijamente, acercándose.
-Si no te has dado cuenta, hoy tienes más entradas que lfa semana pasada -indica Jack.
-¿Y? ¿Soy el único acaso que envejece? ¿Y tus arrugas qué?
-¿Mis arrugas? No tengo arrugas. Lo que ves son sólo discretas líneas de expresión. Son hereditarias.
-También heredaste la estupidez, según veo. Jack, Y si tanto te preocupa no desperdiciar ni un segundo de tu vida, ¿qué carajo haces aquí conmigo?
-La razón es porque pienso realizar un estudio sociológico sobre la desidia en el individuo. ¿Ves estos papeles, Terry? Ya lo tengo bastante avanzado.
-Estás mintiendo. Siempre lo haces. Si por ti fuera, cogerías el mundo con ambas manos y revertirías sus giros varios lustros atrás.
-No quiero, no...quiero -solloza Jack, escondiendo la cabeza entre sus piernas.
-¿Qué te sucede, amigo? ¿Qué es lo que te aflige tanto? ¿Te han pronosticado alguna enfermedad terminal?
-No, no, no es nada de eso -responde Jack.
-¿Entonces?
-Cumpliré años la próxima semana -. Terry se quita las gafas, las guarda en un bolsillo, y abrazando profundamente a su amigo le dice:
-¿Te confieso algo? Tengo cinco años más que en mi documento de identidad. No conozco a nadie, luego de los veintiocho, que guste cumplir años.
-¿Tú lo crees? -pregunta Jack con inocencia.
-Claro, hombre, y si ves alguno que muestra alegría, desconfía de él porque intervenido estará. Ahora ven, vamos, te invito un cerveza.
-Prefiero un vino. La cerveza saca panza.
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
El peine extraviado

Lo he buscado por todos lados. Bajo la alacena, tras la taza del water y bajo los muebles del salón, pero no lo he podido encontrar. ¿No será que, triste y abandonado, se arrojó mi peine por la terraza? No lo sé. Creo no debería preocuparme por tan ingrato hecho. Después de todo hoy mi pelo respira por fin de convencionalismos, de formas y estilos. Ah! nunca tanta independencia la de mis glándulas capilares! Alabo su frondosidad y he de respetarla. Ya no aceptaré trabajos de etiqueta. No usaré cascos, visceras o gorras de pescar. Incluso recomendaría no invitarme a cenar. No vaya a ser que vuestra madre pregunte si pienso dedicarme a la música. "No señora, amo la música pero a ella no me dedico. Sólo soy un extraño y afable hombre que una vez su peine extravió", le diré, dejando la puerta abierta tras de mí.
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo
Cuando sobran las sillas

Cuando sobran las sillas, mis pies adquieren asombrosa lucidez. Ya no me tropiezo con ninguna pues su ubicación se me ha grabado por fin en la cabeza. Todas quietas y mudas, impertérritas permanecen sin asentar a nadie las posaderas.
He redecorado el salón. Pinté de humo las paredes y de hojas las cortinas. Fregué con fruición el suelo y pegué un afiche de Gauguin para aquietar los sinsabores de la soledad. Pero todo fue un engaño, una estrategia mal diseñada. Ni la música, ni la marihuana pudieron disimular su presencia...las sillas permanecen aún con su paño baldío y sus patas equidistantes, alzando con arrogancia la plataforma.
© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo


