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© Los Linderos del Fuego

Entonces nuestros átomos se encontrarán,
y mi silencio, tu silencio
carecerá de eslabón
de rencor
de fatiga,
y subiré al lomo de un gusano
para buscarte de nuevo entre la madera muerta
colmada de vida, conmigo entre tus huesos

 

Fotografía: Santiago Antúnez de Mayolo

Greenwood Cemetery. Cedar Falls, Iowa. 

Efecto Elástico

Efecto Elástico

 

Cerró la puerta del taxi y dejando las maletas al pie del jardín siguió, como todo el camino desde la estación, callado, mudo, pensativo. La casona estaba ahora frente a sus narices: la falsa chimenea sobre el tejado, la campanilla de la puerta y un sonriente gato de bronce adornando el flanco norte de la casa. Seguramente si siguiese por los laterales encontraría la manguera y la casucha del perro (perro que nunca tuvieron pero que estaba ahí como mero recordatorio en comprar algún día una mascota). Todo estaba casi igual a cuando él se marchó, todo a excepción de una ligera oblicuidad, una discreta inclinación en las partes altas de la vivienda. “Es el cansancio”, pensó Lewis, mientras Alicia lo observaba inquieta desde el recibidor, con una cuchara de madera entre las manos.

-Menos mal que has llegado –dice cogiéndolo del abrigo-. Entra rápido por favor, tienes que ver esto. Lewis, están sucediendo cosas muy extrañas en la casa- indica Alicia.

-¿Qué pasa, mujer?

-Estoy preocupada –dice entrando a la cocina.

-¿Por qué lo estás? -responde él, dejando el sombrero sobre un armatoste.

            -El gancho no estaba ahí cuando, anoche, colgué el trapo. Hoy tengo que empinarme para llegar a él.

            -¿Qué quieres decir con eso? -inquiere esperando oír una respuesta más o menos lógica.

            -Me he reducido de tamaño.

            -¿Cómo? -pregunta incrédulo.

            -Lo que oyes, me he empequeñecido, no se cuántos centímetros habrán sido pero ha sucedido. Esto...esto es muy embarazoso -dijo sentándose en una silla. Sus pies colgaban del asiento -.Antes ni siquiera me hacía falta estirar el brazo para alcanzar el paño, pero ahora llego sólo a la salsa de soja - agregó, golpeando torpemente el trapo con la cuchara de madera- Lewis se queda un rato en silencio. Su viaje se había hecho inexplicablemente más largo de lo que él creía, no las tres horas que separaban su albergue de Villaconejos, y ese puente, aquel se alzaba sobre el río a la entrada del pueblo, era mucho más prolongado de lo que él recordaba. Alicia lo miraba afectada, esperando algún comentario que aliviase su aparente paroxismo, o por el contrario, que certifique su derrota ante la evidencia de los hechos. 

 

 nota: inicio de "Efecto Elástico"(2003), cuento corto.

 

© 2009  Santiago Antúnez de Mayolo

-->Jerry Uelsmann - "Sky, Ceiling"

 

 

Crónica de un viaje en avión

Crónica de un viaje en avión

15 de diciembre sobre el Atlántico

Son los momentos previos al aterrizaje y tras largas horas de viaje, estiro unas vez más las piernas. Una azafata apura el carrito de la compra, de esos del merchandising, mientras una chica, poco antes de cerrar un libro, dobla la punta de la página 78 (libro que por momentos consigo distinguir). Todos traen consigo el cansancio. Las antipatías iniciales con el vecino de al lado son ahora amables gestos de asentimiento y aprobación con el piloto, semi-héroe anónimo al que nunca le veremos el sombrerito azul, tan sólo su voz otorgando confianza y cercanía, quizás la de alguien cercano, un tío, primo, acaso un hermano.

Ahora el avión se ladea y una botella rueda por su angosto suelo. Mis oídos son un estrecho callejón que sólo el Opening de Philip Glass puede serpentear.

 

Fallo Técnico

19:53

Huelo a humo. Un anciano hojea una revista de pipas y puros para detectives. Lo siento claramente. El hombre acaba de fumar un cigarrillo en uno de los servicios. Nadie más parece percatarse del olor. El segundo avión que me transportaría de Philadelphia a Chicago llegó con retraso, dijeron que fue un desperfecto mecánico. Siempre circunde en la cabeza la idea de una tragedia, por más breve que el pensamiento sea pero siempre ocurre, no creo que sea verdad aquello que dicen, que no hay ateo alguno al momento del despegue y del aterrizaje, cuando un ala se ladea, desbalanceando todo el avión. Pienso en los sobrevivientes y en sus historias, en las entrevistas que les hacen, en sus afirmaciones en la prensa escrita y tal vez algún padrinazgo en una escuela que lleve su nombre. Pienso en Madrid, en Lima y en algunas personas importantes en mi vida, en lo que dirán en el velatorio, en lo corta y absurda que es la vida y en quien heredará mis ropas, mis libros y mi música. La nave podría desintegrarse en plena travesía, o lo que sería peor, que uno de los motores ardiera de pronto, pintándonos de horror y caos los últimos segundos de nuestras vidas. Si muriese ahora me reencarnaría en una alcachofa. Hojas de espinas resguardando un oscuro corazón.

 

Mi vecina de asiento hojea nerviosamente un libro de cocina, y ve por enésima vez una receta del cheesecake que incluso yo he memorizado. Me mira y sonrie exageradamente. Pelo rojizo, 54 años atados a una coleta. El avión nos zarandea como muñecos, ahora todo tiembla y me está costando escribir. La señora solloza y hunde su cara en el respaldar delantero, luego se aferra y pega su espalda con terror. Yo me resisto al pavor mientras le miro los pechos saltarines. Ahora el vaivén nos acerca las caras. El cheesecake cae por sus piernas mientras imagino ser besado por última vez.

 

29 de diciembre, de vuelta a Madrid

Pasé el arco detector sin problemas pero inspeccionaron minuciosamente mi maleta de mano. Mi panetón podría contener algún objeto punzo-cortante para degollar a la tripulación entera. Estoy ahora en el Moline, Illinois, sin panetón, esperando a abordar rumbo a Chicago, destino Madrid. Transcurrieron muy rápido los 15 días en Cedar Falls. Quince días rodeado de cariño y comida, de besos y nieve, de malls y de campos llanos...extremadamente. La agorafobia queda como mera anécdota granjeril. Iowa es completamente plana e inmensa.

 

30 de diciembre en Europa

La señora de mi anterior relato fue muy amable conmigo. Al tocar tierra me preguntó si tenía alguna otra conexión, luego pidió que la siguiera. Ella también había perdido el vuelo de Chicago-Moline, por lo que fuimos juntos a negociar algún otro vuelo a Iowa.  Creo que fueron tres las veces en que, en el trayecto, me dijo que podríamos ir a pernoctar al departamento que uno de sus hijos tenía en Chicago y esperar un vuelo a la mañana siguiente, y que no me preocupara ya que su muchacho no estaba en casa. Imaginé la situación: ella acercándose a mi cama preguntando si todo iba bien, yo alargaría mi brazo hasta alcanzar su cabeza. Luego nos entregariamos al sudor, a los arrumacos y a la extraña sensacion de estar en compañia de alguien en una ciudad donde ninguno vivía, en un piso ajeno y con un buenos dias tal vez de pocas palabras, menos aún de las que acostumbran decirse los matrimonios que superan el quinquenio.

Llegaré a Madrid en una hora. Buen compañero el vino ante viajes tan largos. He dormido mucho en el trayecto y no he escrito casi nada, creo es mejor así.

Como escribió Cesare Pavese en El Oficio de Vivir:

"Hay que confesar que has pensado y escrito muchas trivialidades en el diarito de estos meses. (días para mí)

Lo confieso, pero ¿hay algo más trivial que la muerte?"

© 2009  Santiago Antúnez de Mayolo

 

--> Fotografía de José Antonio Galloso - "Puente sobre San Francisco"

 

***Una vez más la acabo de joder. Al corregir una frase redundante guardé este texto como "borrador" en lugar de darle a "publicar"...me he cargado los comentarios una vez más y se ha cambiado la fecha de publicación (enero) como si fuese un texto reciente...lo siento

Monoaural

Monoaural

 

 

  Gradualmente se fueron alejando. No importó el inicio de la primavera ni la lluvia tolerable de las tardes. La fuente donde una vez se conocieron fue cambiada por una pileta de luces de colores, y el suave espasmo propio de los primeros encuentros fue menguando. Los paseos ya no eran largos ni interminables. Ya no existía fascinación por las alturas. "¿A dónde la flora? ¿A dónde el exceso? ¿A dónde la fiebre y el delirio?", se preguntaron casi sin oírse, silenciados por una lluvia monoaural.

  

© 2009  Santiago Antúnez de Mayolo

 

Pintura de Gustave Caillebotte - "La Place de l’Europe, temps de pluie"

El Francotirador (o La Impaciencia de Filisteo Luque)

El Francotirador (o La Impaciencia de Filisteo Luque)

Parapetado en el balcón miraba la ciudad y su lento devenir. Los automóviles, las personas, los gorriones, todo estaba sumido en la más absoluta parsimonia, incluso hasta el humo de las chimeneas parecía suspenderse por un verano embobador. Con media ciudad de vacaciones el aturdimiento se acrecentaba aún más, y los días de semana asemejaban a domingos después de la comida. Filisteo Luque, hombre conocido en el barrio por su impaciencia en las colas de los supermercados, se escondía tras una vieja caja de lavadora. Había casi olvidado el rostro de uno de sus hijos, pero cada vez que lo recordaba se lo imaginaba con la cara del panadero argentino de la esquina.

nota: inicio de "El Francotirador"(2007), cuento corto

 

© 2008  Santiago Antúnez de Mayolo

--> Makram Abu-Shakra - "Boy in paper"

Los Delirios de Darío, el Zapatero

Los Delirios de Darío, el Zapatero

MANUELA. - Perdone, extraño joven, no es que sea aficionada a dar paseos solitarios por los parques de la ciudad pero a usted no lo había visto antes por aquí. ¿Está esperando a alguien acaso?

  DARÍO. - ¿Por qué habría de esperar a alguien? No hay mayor goce que el no esperar a nadie en un lugar tan apacible como este. El silencio es la mejor compañía para la contemplación.

  MANUELA. - ¿Y qué ha contemplado? La calle está llena de obras. Yo las odio. Detesto pasar delante de ellas pero no tengo otro camino. Los obreros son atrevidos. Me hacen ruborizar gritándome posturas, improcedentes para mí.

  DARÍO. -  No me extraña que haya estimulado el griterío de la clase trabajadora. Ellos, así como yo, contemplaban su vestido al viento. Eso es lo que yo miraba cuando usted se iba acercando.

  MANUELA. - ¿Y qué hizo luego?

  DARÍO. - Soplé y soplé y su vestido levanté. ¿Sabe? Tenía el efecto visual de una deflagración, un estallido atómico en la más sublime de sus representaciones.

  MANUELA. - ¿Qué tipo de alucinógeno ha ingerido?

  DARÍO. - Ninguno la verdad, pero hay una explicación a mi desvarío. Trabajo en una fábrica de calzado, exactamente en el área de pegado. Estoy expuesto la mayor parte del tiempo a inhalar pegamento. El otro día confundí a mi jefe con un vil hacendado de una finca clandestina.

  MANUELA. – ¿Ha hecho horas extras hoy?

  DARÍO. - ¿Horas extras? El obrero emplea las veinticuatro horas al día. Doce horas para trabajar, otra para comer, una para transportarse, dos para emborracharse y las cuatro restantes en dormir soñando cómo llegar a fin de mes.

  MANUELA. - Veo que los cálculos no son su especialidad. Le faltaron cuatro horas.

  DARÍO. - ¿Cuatro horas dice? Da lo mismo. Repártalas como le plazca. Ponga donde las ponga, al final siempre será el mismo resultado.

  MANUELA. - ¿Cuál es ese resultado?

 DARÍO. - La anulación del hombre como ente creador. Para lo que fuimos concebidos, querida Manuela.

  MANUELA. - ¿Es usted artista acaso?

  DARÍO. - Por supuesto. Yo confecciono zapatos.

  MANUELA. - Usted me dijo que sólo los pegaba, y que a ello se debía su constante desvarío.

  DARÍO. - He ahí pues, mi anulación como artista creador. Podría ser el más grande diseñador de zapatos pero no, paso todo el día inhalando pegamento contra mi voluntad. ¿Es justo eso?

  MANUELA. - ¡Claro que no! Mueva a sus compañeros. Cree un sindicato. Así por lo menos morirá de pié.

  DARÍO. - ¿Morir? ¿Quién habla de morir? Veo que es un tanto pesimista, con lo bien que lo venía pasando. He de volver a la fábrica.

  MANUELA. - ¿Lo veré alguna vez ecuánime, con la mente en estado puro?

  DARÍO. - ¿Cuándo más puro que ahora?

  MANUELA. - Natural, digo yo.

  DARÍO. - La única manera sería el cambiarme de trabajo. Dejaría de confundir a mi jefe, y así, no me preocuparía por mi mal pulso y podría jugar tenis de mesa con usted.

  MANUELA. - ¿Hace usted ejercicio?

  DARÍO. - El de la razón, solamente.

  MANUELA. - Admiro su lógica pero temo las consecuencias.

  DARÍO. - Si teme es porque le perturbo. Eso es ya un gran avance. A mí me sorprende su insistente curiosidad por saber de mí.

  MANUELA. - Nunca había mantenido una conversación con un pegador de zapatos.

  DARÍO. - Ni yo con alguien que diga que no pasea por los parques cuando lo hace. Esta, Manuela, es la cuarta vez que la veo por aquí.

  MANUELA. - Tiene memoria selectiva, según veo.

  DARÍO. - Sólo almaceno lo que vale la pena recordar.

  MANUELA. - Hace bien, siempre y cuando ello no condicione su vida.    

  DARÍO. - Es mejor así, de lo contrario dejaría de ser un artista del calzado para convertirme en un vulgar peón, preocupado en marcar la tarjeta horaria a tiempo.

  MANUELA. - Ah, los horarios. Echan siempre todo a perder.

  DARÍO. - No tanto los horarios sino aquellos infelices que se dejan arrastrar como las algas, entregados al vaivén de una fuerza mayor. La naturaleza humana es tan débil que se prefiere una rutina bien recompensada antes que la introspección, por lo paupérrimas que estas son para vivir, claro está. Vale más un sobrealimentado ignorante que un famélico pensador.

  MANUELA. - ¿Cuánto pesa usted? Sospecho que bajo esas gruesas ropas obreriles hay un cuerpo enjuto y mal cuidado.

  DARÍO. - Estoy por debajo de la media europea, por encima de la media iberoamericana y alto, muy alto por sobre el peso promedio del poblador africano.

  MANUELA. - ¿Cómo será su hogar? ¿Qué pinturas adornarán las paredes de su entorno?

  DARÍO. - Unas pocas. El arte está condenado a que la consuman unos pocos. Sólo tengo vulgares copias de mercadillo.

  MANUELA. - ¿Algo de Chagall en su selección?

  DARÍO. - ¿Cómo lo ha adivinado?

  MANUELA. - Deducción. Intuyo su fascinación por volar.

  DARÍO. - Volar, flotar, revolotear...sólo una cosa más. ¿Vestirá este vestido nuevamente?

  MANUELA. - ¿Qué vestido?

  DARÍO. - El que subleva a las masas.

  MANUELA. - Si usted así lo quiere, lo volveré a vestir, pero que conste que lo usaré sólo porque usted me lo pide. No me hace gracia que me griten groserías cuando paseo.

  DARÍO. - Yo no se las gritaré. Sólo las pensaré.

  MANUELA. - Curiosa sintonía la nuestra, querido Darío.

  DARÍO. - Curiosa mi puntualidad. Esta será la primera vez que no llegue tarde a trabajar.

 

nota:  fragmento adaptado para el blog de una pequeña pieza (personal) de teatro del absurdo


© 2008  Santiago Antúnez de Mayolo

 

--> Debabrata Ray - "Sun Rays"

La Tortuga de la Señorita Brown

La Tortuga de la Señorita Brown

 

 Sólo en invierno, cuando la madera cruja más que de costumbre, le escribiré. Con tinta china lo haré. Le escribiré “mi querida señorita Brown”, y me interesaré por la pequeña tortuga y su ceguera avanzada. Me abrigaré con la chaqueta que me regaló, y a medida que el frío mengüe, la chimenea apagaré. Vendrán los días anchos y las noches prietas en las que la recordaré rigurosamente. Pensaré en usted, señorita Brown, en usted y en Ludovica, su tortuga ciega. Auguro que ella casi ni saldrá por miedo a seguir golpeando su pequeño cráneo contra las paredes del patio (con los años que lleva encima el olfato también le habrá empeorado). Tardíamente, usted acondicionará su espacio inferior: acolchará patas de sillas, pies de columnas y rodapiés. Golpe a golpe perderá aceleradamente la visión y, enajenada, le morderá angustiosamente el tobillo en un día de excesivo calor. Le escribiré “¿cómo anda ese tobillo?”, enviándome usted instantáneas de la herida desde distintos ángulos y tamaños (consideraré dicho detalle como una muestra de cercanía y confianza; yo le corresponderé enviándole mis clavículas retratadas en el breve espacio de un fotomatón). Vendrán los días anchos y las noches quietas. Loduvica exhalará al pie de las cortinas en una preciosa tarde de agosto peruano. Sólo a partir de entonces incrementaré las misivas que deseé haberle escrito siempre. Saldré como alma que lleva el diablo con cada una de las innumerables cartas que le habré ido escribiendo. Cruzaré la avenida esperando que pase algún camión de mercancías e imitando a la pobre Ludovica mis pasos serán lentos y ciegos, definitivos hacia el buzón de correos que jamás llegaré a alcanzar. Espero no se altere cuando lea esta única carta que publicaré en uno de los diarios de la capital (no en esos que suelen manipular y confundir). La ausencia de quienes la quisieron -es decir Ludovica y este fiel servidor- la perseguirá por un tiempo y se lamentará no habernos procurado la atención que necesitábamos. Pensará alguna vez en darnos el alcance pero por favor, no lo intente. Nada sabemos lo que habrá después, señorita Brown. Tal vez inconsciencia absoluta, o peor aún, angelitos rubios tocando flautas y arpas por el resto de la eternidad. No lo haga por favor. No lo haga. Más bien le aconsejo cambiar de aires, vaya al hipódromo, apueste en la carrera de los galgos o cómprese un catalejo y estudie la velocidad de alguna estrella fugaz. No hay nada nada más triste que lo cotidiano ni nada más preciado que lo efímero.

 

Suyo por siempre,

                                                                                                               Rodrigo Galápago De Barnola

 

© 2008  Santiago Antúnez de Mayolo

--> Joe Sorren - "Woman"

 

La Fábula del Mono y la Joroba

La Fábula del Mono y la Joroba

 

 

 

 

Cuando le preguntaron a Esopo por su reincidencia con las fábulas, un mono asomó de su joroba diciendo a viva voz:

-¡Es la carga, señores, a la que nuestra memoria está siendo sometida!.  "La Culpabilidad del Simio", la llamarán algunos, pero nosotros, ni yo ni mis compañeros esperábamos un desenlace semejante -gruñó, al tiempo que varios de los asistentes avergonzados, rebuznaron escondiendo el hocico entre las patas.


© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo

(Charles Darwin - "Theory of Evolution")

 

Afabilidad Para Lidiar Con Las Bestias

Afabilidad Para Lidiar Con Las Bestias

 

 Hay quietud de domingo
en mi ventana,
son las horas muertas
en las que
laxa el sol,
canta un gorrión
y un gato espera
con paciencia a que anochezca

Hay tanta quietud que me descuido
y dejándome avasallar
llego hasta éste, tu lugar
tu sentida flora

Me extravié un par de veces,
toqué una de tus sombras sin permiso
y corpórea te confundiste en una amable palabra
ah, cuánta algarabía en mi alma,
cuánto extraño sentir,
¿será tu afabilidad para lidiar
con las bestias,
o será el domingo
que todo lo amansa?

Celebremos ahora el funeral
momentáneo del sol,
ahora que el gorrión ya no canta
y una llama guardo en tu nombre,
arde mi alma irrevocable
partiendo de la distancia,
intencionado en el sentir

 

(Poema dedicado a Psyche, escrito el 22 de julio del 2007)

 © 2008 Santiago Antúnez de Mayolo

 (Ursula Guttropf - "Let’s start")

El Pedicuro Aficionado

El Pedicuro Aficionado

 

Irrumpiendo la quietud de la mañana vibra el pequeño teléfono; un mensaje de texto invitaba a un reencauzamiento. Los días anteriores en que él aguardó con gran impaciencia algún tipo de comunicación, alguna pista o señal lo fueron minando de impasibilidad y desafecto. Aún recordando sus ojos y esa vocecita de estudiante, coge el moderno artificio y responde con gran delicadeza:

    -Lo siento, no puedo encontrarme contigo ahora. Me estoy cortando las uñas de los pies  -escribió dejando el receptor al borde de la ventana, justo al filo del abismo que, a gran altura, vigilaba el caos propio de la avenida.

 

© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo

 

(Pintura de Jacqueline Ditt & Mario Strack - "erotic motifs")

 

La Memoria del Aroma

La Memoria del Aroma

 Aquellos que me conocen saben que mi mayor cualidad no es precisamente mi memoria. Olvido charlas mantenidas algún tiempo atrás. Olvido a veces rutas recorridas anteriormente y creo no recordar ciertos rostros que mantuvieron conmigo alguna conversación, ni qué decir de los nombres a los que mi memoria recrea a su antojo, rebautizándolos como Policarpio, Genoveva, Absalón o Conchita Jaramillo. Una vez alguien me dijo que tenía memoria selectiva, y que sólo recuerdo lo que mi subconsciente quiere filtrar. No lo sé. No sé si desecho lo que no quiero recordar, ¡como si todo lo que no recuerde quisiera olvidar! Felizmente me valgo de mi nariz. Tengo una gran memoria olfativa. Conservo de manera exacta y definida cada uno de los olores de los colegios por donde pasé en mi intrincada vida escolar. Cada patio, cada zapatilla nueva, cada uniforme viejo, el primer día de clases con los útiles nuevos, el cabello de las niñas por las mañanas, el olor a sudor, a lápiz, a balón, a infancia, a pobreza, a clase media y a avena de colegio estatal, todo eso permanece intacto en mi memoria.

Por las tardes, me encerraba en mi habitación a hacer supuestamente los deberes. Pasaba horas y horas leyendo al Hombre Araña, Asterix, Fantomas y Mafalda. Mi colección era considerable por lo que casi nunca me aburría, y si eso ocurría, jugaba al fin del mundo con el muñeco que tenía de Batman. Lo arrojaba desde lo alto de mi pupitre, lo enterraba en el jardín o enemigos invisibles le clavaban agujas, pero Batman nunca moría (ni cuando libró la batalla del 78 contra El Hombre Nuclear en la tina de mi baño). Pero había algo que llamaba mi atención; el olor del disfraz, de su cabeza azul. Investigué. Le arranqué un trozo de cacho para ver qué había dentro. Acerqué mi nariz al pequeño orificio: un intenso olor a hule y pegamento subió por mis fosas, achinando mis ojos y haciéndome toser estentóreamente. No sé si fue el pegamento, el hule o una milagrosa lucidez pero, después de inhalar el cráneo hueco del pobre muñeco, hablé esa misma tarde con mi madre sin tartamudear, resolví arduas ecuaciones matemáticas, y dije mi primera frase en francés sin nunca haberlo estudiado.

Uno de esos días de semana, tal vez a las nueve de la noche, mi padre se alistaba para salir con mi madre a alguna reunión del Club de Leones que ella detestaba. Estuviese donde estuviese, sea en la primera planta, en mi habitación o jugando con el perro en la azotea, un aroma golpeaba mis fosas, quebraba sus finos vellos y daba el timbrazo eléctrico en mi cerebro. Mi padre se acababa de rociar algunos mililitros de Paco Rabanne tras las orejas, por los lados del cuello y en la solapa de su traje. Las veces que lo hizo estando yo en su cuarto viendo televisión fueron alarmantes para mi sensibilidad olfativa. Salía literalmente volando de su habitación, colapsado por tanta fragancia, abriendo mi boca como un buzón e inhalando por ella a fin de evitar ahogarme. El lado amable de todo esto era que veía a mi padre reír, y yo por supuesto exageraba un poco para verlo feliz.

A escasos cuatro días de mis 39 años, mi olfato sigue igual de agudo. Hay días que tengo que bajarme abruptamente del metro, sino es alejarme de algún señor al que le apesta hasta su diario de notas. Se imaginarán también las veces que me he visto acorralado por el camión de basura en algunas calles estrechas de Madrid. Pero a veces, afortunadamente, hay aromas que me llevan, me transportan como una pluma y me arrastran, me subvierten y me hacen cambiar de rumbo y de vereda; desde una ventana abierta con un plato casero recién servido a una peletería con modelos  casi siempre pasados de moda. Me fascina el aroma del queso, el de los libros y el de los frondosos cabellos femeninos recién lavados. Me trastorna el aroma del curry, de la albahaca y de la tierra mojada tras una tarde de lluvia. Me conmueve el olor del sexo en la mujer amada, el de su piel, el de su saliva y el de mis sábanas cuando no está. Si me dieran a escoger en mantener sólo uno de mis cinco sentidos, escogería sin duda el olfato. Sin él, no tendría tacto para sentir la pasión, ni vista para indagar lo que me atrae, ni oído para auscultar, ni gusto para hallar el verdadero sabor de la vida. Mi único inconveniente es que, además de no poder oler la maldad ni la riqueza, soy incapaz de olerme a mí mismo. Sólo cuando me ducho huelo a fresas del campo, pero pasadas unas horas soy como el resto de los mortales, tan incapaz de olerse a sí mismo por más que llevemos una nariz pegada, grande y con vida propia como la mía.

(Texto escrito el 19 de diciembre del 2007 pero por un error interno de Blogia, lo ha recolocado como nuevo)

 

© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo

"Das Parfum (Jean-Baptiste Grenouille)" - Uwe Heidschoetter

Niveles Superiores

Niveles Superiores

No antepongamos la pólvora

en esta noche de bosquejos

y vino tinto

(nosotros, iconoclastas cenicientos,

sabemos de batallas perdidas)

maltratados estábamos,

empalados en toda nuestra verticalidad,

tuertos y meditabundos

con un buitre sobre los hombros

estudiando la arquitectura

de nuestros desplomes

 

Consideremos el abismo de distancia

que hemos doblegado

sin siquiera recurrir a santos

ni monárquicas resoluciones

Académica esta fuga

recompensada nuestra ira

son estos acaso,

nuestros niveles superiores,

donde eres todo lo imperfecto

que siempre anduve esperando,

donde tú,

lucifer de mi orfandad,

donde yo,

íncubo y cobertizo tuyo,

finalmente Mar Muerto

para cuando te quieras ir

por un momento siquiera,

y reflotar

 

(Poema escrito por el 2003)

© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo

(Jerry Uelsmann - "Small Woods")

 

Perla Vía Láctea de la Noche

Perla Vía Láctea de la Noche

Cómo te recuerdo de pronto, Aija

Asaltas mi memoria en forma de caballo,

de perdiz entre los árboles y de cicatriz en el tabique.

Explosionaste enteros mis sentidos,

haciéndome comulgar con la más

absoluta y soñada perfección

Cómo mi grito se hizo eco en tus vertientes,

y cómo mis mejillas tostabas que,

desacostumbradas ante tan hiriente pureza,

se quebraban de altura y de tierra,

de campanario,

de cuy y de Santo Patrono

Aija,

perla vía láctea de la noche mientras te recuerdo

las calles de Madrid a veces me huelen a ti


© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo

Tribulaciones

Tribulaciones

Emblema que sale del pecho

arropando la fauna toda,

y uno sentado en la placita

como un adolescente del siglo pasado,

con las atribulaciones necesarias

para dejarse el bigotillo,

y hacer promesas

bajo el monasterio de tu escote

arropando la fauna de tu piel

que huérfana yace de mí

como fruta sin gusano,

como recuerdos sin locura,

como locura sin navaja,

y hacer promesas

bajo el monasterio de tu escote,

sentado en la placita

como un adolescente del siglo pasado

 

(Poema escrito en el 2001)

© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo

(Fotografía de Gust. Hallin)

Doce Yardas

Doce Yardas

Son doce yardas las que recorres

en la circunferencia de mi cráneo,

son doce yardas las que crepitan la comunidad de mi piel

 

Acaecida en mi levita circunscribo irredento

este exangüe recorrido que sigues tramando en mis arterias

oh! Réquiem en la reagrupación concatenada de tus labios,

grave hidropesía de vasos comunicantes,

isócrona pústula

mientras sonrío

queriéndote aún

más de la cuenta

sobre el precario universo de una baldosa

 

 

(Poema escrito tal vez el 2001)

 

 

© 2008 Santiago Antúnez de Mayolo

 

(Fotografía de Bellocq, título desconocido)

El Lobo Estepario

El Lobo Estepario

Tomm Coker - "Herman Hesse"

 

Anfibia Perdición

Anfibia Perdición

Boca mía resécanse galtípedo
en la grata hendidura de tus miesmos
Latidos tuyos,
borbóreos,
como crépulo anticipado de jolgorio
Sangre de mis gargos,
exagerada,
vulocdiana
cual grisaldes mismos de mis ojos
ríes,
flamas,
surques,
edenelísticamente pura,
te sueltas los nemos
y albas mis mañanas
en anfibia perdición

 

 --> neologismos

© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo

Pintura de Marc Chagal, "The Promenade"

 

A Marité

A Marité

 La tarde del 87 cambió nuestras vidas para siempre. Pasado el mediodía, mi hermano y yo almorzábamos con prisa. Con anticipación compramos las entradas para el mejor concierto de la época, Soda Stereo en el coliseo Amauta. Encontrándonos a medio camino del lugar me cercioré por octava vez si es que efectivamente llevaba en uno de mis bolsillos los boletos del recital. "Cuatro" -me dije-, todo va bien. Qué lástima que Marité (mi hermana menor) no haya podido venir". Mis padres no le habían dado permiso ya que consideraron que el concierto no era apropiado para una chica de quince años. Ella, furiosa por no poder asistir, cogió su bicicleta y se marchó a casa de una amiga de colegio, a unos veinte minutos de camino.Una vez dentro, nos ubicamos según correspondía a nuestra numeración. "Demasiado lejos", pensé, y es que efectivamente el escenario se veía reducido, alumbrado por luces de colores, gente corriendo de aquí para allá. Fue cuando entre el griterío alguien llamó a mi nombre. "¡Santiago!". De inmediato me pregunté cuántos Santiagos podrían haber en el coliseo en ese momento, relativamente cerca a mí y que tengan una hermana pequeña llamándolos insistentemente. Imaginé entonces que Marité estaría también dentro del coliseo. Se había venido con su amiga, y descubriendo mi enorme nariz entre la multitud, llamó a mi nombre. En cuestión de minutos se acercaría hacia donde estábamos, siempre y cuando los de seguridad no obstruyeran su camino. "¡Santiago!", oí una vez más. Era ella, no tenía la menor duda. Reconocería su voz entre un millón, y su particular risa entre varios cientos. El recinto comenzó a llenarse rápidamente y el espectáculo se iniciaría en escasos minutos. Obscuridad total. Los primeros acordes de guitarra hicieron estallar al público. Seguro que Marité estaría saltando sobre su asiento tanto como lo hacía Cerati sobre el escenario, pequeño para mi vista y sin pantalla gigante. Aún no daba crédito que mi hermana pudo haberme reconocido entre las miles de pancartas, cabezas y brazos en alto. Luego del concierto, aguardamos un rato en nuestros lugares por si vislumbrábamos a Marité, pero ni rastro de ella. "La veremos en casa", me dijo César.

  El viaje de vuelta parecía interminable. A duras penas el viejo autobús se abría paso entre la multitud. Llegamos a casa avanzada la medianoche. A buen recaudo guardé el paquete de cigarrillos. "No debes fumar, eres asmático", me decían, pero la verdad no me importaba demasiado. La luz de la puerta de entrada estaba encendida, señal inequívoca que teníamos visita en casa. "Qué tal, pasen, pasen sobrinos", nos dijo abrazándonos emotivamente un buen amigo de mis padres. Sus ojos estaban enrojecidos y la voz le sonó temblorosa, como dudando en decirnos algo. Ni bien avanzamos unos pocos pasos mis padres, arropados por la esposa de mi tío, salieron raudos a recibirnos. "¿Qué pasa?, ¿qué hacen aquí en la puerta?, preguntamos. Mi madre, aferrada a mi padre como una gran desvalida, trató de decirnos algo que a las justas pudimos comprender. "Tu hermana, tu hermanita", me dijo cogiéndome de la cara. "¡¿Qué le ha pasado?!, ¡¿dónde está Marité?!. Me pareció oírla en el concierto. Ya estará en camino", dije negando cualquier posibilidad de tragedia. "Santiago, César, han atropellado a Marité. Fue cogida por un carro a pocos minutos de salir", dijo mi padre llorando como nunca antes lo había visto. César preguntaba por los detalles, mientras mi madre bebía agua de azar que su comadre le daba. "Al ser las cuatro de la tarde miré tras la ventana por si veía a Marité doblar la esquina. Tu mamá no pudo aguantarse y llamó a casa de Paola. Marité no había llegado y su amiga la estuvo esperando en el patio de su casa. Salimos con Miryam (mi hermana mayor) a buscarla por todos lados. Preguntamos a viandantes, al cura de la iglesia, a alguno que otro feligrés. Oímos un ruido muy fuerte. Cuando salimos a ver qué sucedía, una niña estaba tirada en medio de la avenida, contaron. El chofer del vehículo apestaba a licor, agregó otro. Todo lo que supimos fue que el carro tenía el logotipo de un organismo oficial, y que Marité cayó a varios metros del lugar del impacto. Su pequeña cabecita fue golpeada contra el parabrisas. Dijeron algunos que se puso de pié, pero luego cayó fulminada sobre sus huesos. Estuvimos buscándola por todas las dependencias policiales y servicios de emergencias pero nadie sabía nada de ella. Al fin un policía nos dijo, sentado delante de su pupitre, que una chica muy joven yacía sobre una camilla escaleras arriba, en el área de urgencias. Miryam preguntó desesperadamente si estaba viva o muerta, pero el encargado no dijo nada. Echada, desnuda bajo unas sucias sábanas y con los ojos cerrados la encontramos. No pudimos creerlo. No a nosotros, no a ella, no a ella...", acabó por decir mi padre. "¡¿Dónde está Miryam, dónde está Miryam?", pregunté temeroso. Estaba con mi hermana menor, velando a su lado cualquier atisbo de movimiento, alguna pista que disipase la gravedad de su estado. La primera noche en el Hospital Militar fue dolorosamente interminable. Cuando recién me dejaron verla, una cortina de tul rodeaba su blanco lecho. Ahí estaba, con la clavícula rota, algunas costillas, la cadera fuera de sitio y el cerebro violentamente golpeado. "El concierto estuvo muy bueno", le susurré al oído, mintiéndole que estuve a pocos metros del escenario. Pero cuando recordé su frágil voz irrumpiendo entre la muchedumbre no pude más y eché a llorar. "Despierta, por lo que más quieras, despierta por favor", suplicaba, mientras mi padre me abrazaba, envejeciendo varios lustros de pronto. 

  Han pasado ya veinte años y mucha agua ha corrido bajo el puente. A pesar que le fue robada su juventud, aún sabe reír. A pesar que algunas amigas se alejaron de ella, es alma afable y cariñosa. A pesar del pesar, de los domingos sin nuestro padre y del hastío, Marité sigue adelante. Nos has demostrado a todos, particularmente a mí, cómo no dejarse amilanar ante las adversidades de la vida. Y sí, por supuesto que llora, como todos. Además, el dolor es inherente al ser humano, así que no debería preocuparse en exceso. Nos tiene a nosotros, unos a su lado, otros alejados por esta mala distancia. Eres un ejemplo vivo de superación, persistencia y voluntad. No importa tu hipoacusia, ni tu mal pulso, ni que no puedas nunca conducir. Te admiro por lo que tienes, no por lo que podrías haber llegado a tener. Te admiro por como eres, no por quien podrías haber llegado a ser.  

(A la izquierda mi primo Antonio, al centro Marité y yo a su derecha, con pantalones altos. Detrás el carro de la tía Maruja estacionado en el garaje de casa.  Fotografía tomada probablemente en 1974)

© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo

Tristes Reflexiones del Oso Polar

Tristes Reflexiones del Oso Polar

-¿Por qué tengo frío, padre?

-Porque estás perdiendo tu pelaje. A medida que el tiempo pase tu piel irá cambiando de apariencia, de color y de grosor. Te esperan duros tiempos, a ti, a tus hijos y a los hijos de tus hijos.

-¿Moriré joven entonces?

-Es prematuro saberlo. Lo único cierto es la desidia del hombre por aniquilar su propio mundo, su propia tierra; no lo entiendo, no lo entiendo...

-¿Qué he de hacer, padre mío?

-Tendrás que adaptarte o morir. Acostumbrarte a los repentinos cambios de temperatura, a descubrir nuevas técnicas de caza y recolección. Te olvidarás del frío porque el calor será el que gobierne casi todo. 

-¿Qué sucederá con los témpanos? ¿Sucumbirán también?

-Así es, hijo mío, al menos sí los que nos rodean. Habrás de buscar tus madrigueras en altos nevados, hasta que el sol, el hombre así lo quiera.

-¿Ya no seremos osos blancos?

-Cuando ello suceda ya no.

-¿Qué seremos entonces?

-Ni yo mismo lo sé. Aunque quizás de eso se encarguen los humanos. Inventarán alguna nueva denominación y la cacería del oso se hará más accesible.

-Tengo frío y miedo de pronto. Cerraré mis pequeños ojos hasta imaginar que todo esto que me cuentas jamás sucederá.

-Ven aquí, pequeño mío. Estaré contigo hasta que mis huesos no puedan más, pero para entonces tú ya serás un oso solitario buscando sobrevivir a la incomprensible voluntad del hombre.

-Maldita raza la del hombre.

-Maldito su espíritu de conquista en querer poseerlo todo. Al final nada les quedará entre manos. Ni siquiera el arrepentimiento los salvará.

 

 

© 2007 Santiago Antúnez de Mayolo